Aiden
Me encontraba en el centro del terreno de entrenamiento, dando órdenes a gritos mientras el sonido del acero chocando llenaba el aire. El polvo se levantaba bajo las botas de los guerreros, mezclándose con el olor penetrante del sudor y el hierro. El sol ya estaba alto, sus rayos cayendo sin piedad sobre la piel desnuda y las armas por igual, convirtiendo cada movimiento en una prueba de resistencia.
Estaba sin camisa, la espalda brillante de sudor mientras la luz del sol delineaba cada músculo, cada cicatriz ganada en batalla. Mi pecho subía y bajaba con ritmo constante mientras caminaba entre los hombres, mis ojos afilados, sin perderse ni un solo detalle.
—Otra vez —ordené—. Más rápido esta vez.
Los guerreros se movieron como uno solo, las espadas destellando, los cuerpos girando y golpeando con precisión brutal. Un grupo entrenaba con espadas, sus movimientos fluidos y letales, mientras otro luchaba en el suelo, gruñendo al pelear por la dominancia. Cerca, una fila de hombre