Astrid
La ciudad pasaba borrosa a través de las ventanillas tintadas del coche mientras yo permanecía sentada en silencio en la parte trasera, con las manos descansando sobre mi regazo. Rosa estaba a mi lado, inusualmente callada, al menos por una vez en su vida, lo que debería haber sido mi primera señal de advertencia.
Mantuve la mirada fija en el camino que teníamos delante, observando el movimiento constante del tráfico, el subir y bajar de los edificios, el sutil cambio de las zonas reside