Astrid
Puse los ojos en blanco ante Rosa mientras intentaba, y fallaba estrepitosamente, por cierto, en ocultar el rubor que se extendía por mis mejillas.
—No hay nada de qué hablar —dije, forzando mi voz a sonar calmada y desdeñosa mientras revolvía los papeles sobre mi escritorio. Evité su mirada, fingiendo concentrarme en un documento aunque prácticamente podía sentir sus ojos quemándome.
Rosa, por supuesto, se negó a desanimarse. Comenzó a dar vueltas alrededor de mi escritorio como un de