Mientras tanto, en Queens, Alexander golpeó impasible la puerta de mi apartamento, gritando mi nombre a todo pulmón.
—¡Lucia! ¿Estás ahí, cielo? ¡Abre Lucia, necesito hablar contigo! ¡Dame una oportunidad! ¡Te juro que puedo explicarlo!
Sin embargo, a pesar de los fuertes golpes en la puerta, no obtuvo respuesta alguna, todo en la casa estaba apagado, un silencio sepulcral agonizaba en el ambiente y las lágrimas de Alexander caían sin parar.
De repente se empezaron a encender las luces de las d