—Suena bien para mí —asentí con determinación y lo desafié, ya no le tenía miedo y nunca lo tendría, incluso si mis piernas temblaban como dos fideos cocidos.
Me di la vuelta buscando la manija de la puerta hasta que la encontré. La oscuridad de esa habitación estaba más que lista para encarcelar a alguna mujer y llevarla a la locura, típico de Alexander, pero esa mujer no sería yo.
—Pronto sabremos la verdad el uno del otro —agité mi mano —Adiós Alexander.
Salí por esa puerta y no miré hacia a