PIERO
Una semana después de nuestra unión civil en Las Vegas, la casa de mi suegro se convirtió en un verdadero campo de batalla, en el que mi cuñada era la comandante de pelotón. Nuestro único deber, junto con Josh y Lucio, era decir que sí a todo lo que Lina demandaba. No había lugar para réplicas, negativas o dudas, y el solo hecho de verla de aquella manera, me ponía de buen humor porque me había ganado el corazón de la más dulce y comprensiva de las hermanas Davis.
—¿Siempre es así? —pregu