La puerta de la casa se abrió bruscamente, revelando la figura tambaleante de Alejandro, su ropa desgarrada y manchada de sangre. Abigail, que estaba en la sala, se levantó de un salto, sus ojos agrandándose ante la visión de Alejandro en ese estado lastimero.
—Oh, Dios mío, Alejandro—, exclamó, corriendo hacia él y brindándole apoyo para que no cayera. —¿Qué te ha pasado?
Alejandro intentó sonreír, pero el dolor era demasiado intenso.
—Tuve un... encuentro desafortunado—, dijo con voz ronca.
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