La hizo sonar, una y otra vez, dejando que la melodía impregnara el ambiente y, poco a poco, también su mente. Era como si el suave compás de aquella bailarina pudiera calmar las tormentas que llevaba dentro.
Fuera de la habitación, Alejandro parecía más que complacido. Ariel estaba en casa. Había aceptado el regalo, y para él, aquello era una pequeña victoria en medio de toda la incertidumbre que sentía desde su regreso.
Con una idea clara en mente, se dirigió a la cocina. Quería recibirla c