Capítulo 04

Lia

Hace dos horas que mi esposo me abandonó aquí. El silencio ha sido mi acompañante primario desde entonces. Intento enlazar mi mente con la de Rafael, ni siquiera busco una respuesta, solo sentir la conexión que me indique que está vivo. Nada. Ni un rastro de un nuestro enlace. Mientras los minutos pasan, la ansiedad dentro de mí crece con más fuerza. Él dijo que todo estaría bien, dijo que iba a volver conmigo.

También Damiano prometió que me cuidaría, que nunca me abandonaría. Hace un año que su promesa se la tragó la tierra y yo aprendí que no puedo confiar en las palabras.

En el momento que mi puerta es derribada por un guardia y el rostro angustiado de mi doncella se alza por encima de su hombro, entiendo que tuve razón en preocuparme, y que algo horrible ha pasado.

—¡Luna! ¡Luna! —exclama mi doncella, completamente alterada —. ¡Tenemos que abandonar el castillo! Los rebeldes han cruzado el bosque y se acercan al castillo. ¡Tenemos que sacarla rápido de aquí! ¡No es seguro!

El terror crudo atraviesa mi pecho antes de que pueda hacer cualquier pregunta. Intia, mi doncella asignada, me agarra del brazo y me lleva afuera, hacia el pasillo. Otro guardia aparece; el que derribó mi puerta nos cuida la espalda y el otro toma la delantera. Ambos nos escoltan escaleras abajo.

Intia se deshace en temblores y las lágrimas silenciosas le mojan el rostro. Entrelazo nuestros brazos y aprieto su mano en un gesto consolador.

Es mi deber como Luna. Cuidar, proteger, consolar. Es parte de mi rol, por eso, me mantengo firme y calculo mi tono de voz.

—Tranquila. Todo estará bien —digo, aunque no tengo idea de lo que está pasando.

—¡Ha sido horrible! —solloza, su cuerpo se estremece de puro miedo —. Salieron del bosque armados, son como mil de ellos, es todo un ejército de lobos, ¡y ninguno de los nuestros ha regresado! ¡Ni uno! ¡Ninguno pudo advertirnos su derrota antes de que cruzaran!

Trago saliva ante sus palabras. ¿Cómo es posible? Rafael dijo que eran rebeldes. Los rebeldes suelen ser salvajes y sin entrenamiento militar; no trabajan en grupos de más de cien ni pelean por una causa tan significativa como derrocar a un alfa. Este tipo de ataques lleva tiempo, refuerzos y, sobre todo, un líder competente, un líder que les dé la fuerza de voluntad para pelear por él a costa de todo.

Los rebeldes no trabajan así. Estos lobos pertenecen a algo mayor.

Se me pone la carne de gallina de solo pensarlo. El efecto sorpresa hará que nuestro ejército se doble antes de poder prepararse; será cuestión de suerte si podemos hacerles frente.

Y si Rafael está muerto...

Me niego a considerar tal posibilidad.

Llegamos a la planta de abajo y nos movemos lejos de las puertas de la entrada. El ruido de la pelea me llega a los oídos con fuerza.

—¿Cuál es la situación? —pregunto a uno de los guardias.

—El Alfa no se ha enlazado con ninguno de nosotros —responde apresuradamente, abriendo una puerta tras otra —. No tenemos informes de su posición ni de lo que ocurrió. Estamos reuniendo a todos los hombres que podamos antes de que lleguen el castillo, pero nadie estaba preparado para un ataque nocturno. Todos nuestros hombres estaban reunidos en el gran salón, varios de nuestros guerreros partieron junto al Alfa. Eso nos deja en una gran desventaja. Por eso tenemos que sacarla de aquí, usted es nuestra única líder ahora. No podemos perderla a manos de esos salvajes. A saber lo que le harían, mi Luna.

El terror que se gesta en mi vientre es atenazador y por poco se sobrepone a mi buen juicio. Debo calmarme. Ellos esperan de mí una líder que los guíe ahora que Rafael no está, sea porque lo hirieron, lo capturaron o lo mataron. Debo mantener mi cabeza fría ante las posibilidades.

No tengo lobo, aunque lo tuviera, pelear no es una opción. Nadie aquí me dejaría acercarme al campo de batalla, valgo demasiado como para exponerme al mínimo peligro.

Entonces, solo me queda liderar. Mi mente corre a toda velocidad tratando de hallar un plan, no de escape, eso se lo encargo a los guardias, sino de protección.

—¿Qué pasa con los invitados? —inquiero de pronto. Todos estaban celebrando en el gran salón —. ¿Han evacuado?

Intia parece a punto de desmayarse con cada pasillos y puerta que cruzamos.

—La mayoría fue advertida —me responde el guardia a nuestras espaldas —. Nuestros hombres los escoltan a zonas seguras para luego llevarlos en grupos pequeños a los pasadizos subterráneos de escape.

Contengo un suspiro de alivio al saber eso. No soportaría cargar con sus muertes en mi consciencia mientras yo salía bien librada de la situación. Al menos están a salvo.

—¿Qué hay de esos salvajes? ¿Nadie sabe quién es su líder?

—Lo lamento. No tenemos esa información. Ahora mismo, usted es nuestra única prioridad.

Le ofrezco una sonrisa tensa de agradecimiento. No alivia para nada la quemazón en mi garganta ni el peso en mi pecho, sin embargo, no puedo hacer nada más que seguir a mis guardias.

Definitivamente esta no era ni la boda ni la luna de miel que esperaba.

Finalmente, llegamos a las afueras del pasadizo secreto. No hay forma de que los salvajes nos encuentren allí, solo la familia del Alfa y un grupo selecto de guardias del castillo tiene conocimiento de estos corredores.

Mientras más nos adentramos, la oscuridad nos mordisquea los talones. Intia aprieta su agarre en mi brazo y me abstengo de reprenderla al sentir sus uñas en mi piel, solo porque es una situación peliaguda, es normal que esté asustada. Eso no hace que su agarre duela menos.

Está bien, Lia. Todos pueden sentir miedo, tú no. Tú debes ser fuerte. Es lo que me repito mientras más nos adentramos en la oscuridad, completamente a ciegas.

Doblamos a la derecha, al final de ese pasadizo logro atisbar una pequeña luz, mientras más nos acercamos, me doy cuenta de que es el fuego de unas antorchas lo que nos alumbra. Cuando llegamos hasta ellas, el guardia trata de tomar una antorcha, pero antes de que le dé tiempo, un lobo enorme se arroja sobre él, derribándolo.

El grito de Intia me perfora los tímpanos cuando un enorme hocico se cierra en el hombro de nuestro guardia.

El otro guardia intenta defender a su compañero, pero entonces se suma otro lobo, luego otro y otro hasta que se nos cierra el camino. Yo ahogo una exclamacion de sorpresa y empujo a Intia de regreso al túnel por el que entramos, pero desisto de la idea apenas alcanzo a oír pasos detrás de nosotras. Pasos y gruñidos.

Los lobos frente a nosotras se nos acercan lentamente, mientras escucho cómo otro grupo de salvajes se nos acerca por la espalda. Estamos atrapadas.

—¡Por favor no nos hagan daño! —suplica mi doncella, el miedo calando hasta sus nervios —. ¡Nos rendimos! ¡Nos rendimos!

Yo, presa del pánico, no me atrevo a pronunciar palabra, pero ni así derramo una lágrima.

No he llorado en mucho tiempo. No voy a llorar ahora, aunque me maten aquí mismo.

—¿Qué te hace pensar que vamos a matarlas? —cuestiona una voz desde la oscuridad, interponiendose entre los lobos que nos acechan mostrando sus colmillos. Sus pasos suenan calculados mientras se acerca y la llama de la antorcha ilumina su rostro.

Contengo un jadeo y las rodillas casi se me doblan cuando lo veo.

Astorian, el antiguo Beta del Alfa Bastian, a quien mi marido decidió jubilar para renovar al personal, está parado frente a mí, mirándome con una intensidad abrumadora.

—Beta Astorian —digo, dando un paso al frente.

El hombre levanta una ceja hacia mí, apenas un atisbo de sorpresa en sus ojos. Sea porque lo haya llamado Beta o porque me acerque con tal confianza, como si no reconociera la banda roja alrededor de su frente: el color de un rebelde.

Me detengo. Él está del lado enemigo.

—Luna Lia —asiente en mi dirección, luego, como si quisiera recordarme de qué lado de la guerra está ahora, se inclina hacia mí sobreponiendo toda su altura y tamaño. Su voz se vuelve más sombría cuando vuelve a hablar —. Permítame escoltarla de regreso a su castillo.

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