El punto de vista de Gabriela
El comedor tenía el mismo aspecto de siempre: una larga mesa de roble pulida hasta brillar, copas de cristal relucientes bajo la lámpara de araña. Sin embargo, sentarme allí hoy era diferente, casi sofocante.
Me senté frente a Alejandro, con mi madre a la cabecera de la mesa, alegre como siempre. Me obligué a respirar con calma, a sonreír, a fingir. Fingir que no lo había visto desnudo bajo las tenues luces del hotel, que no había memorizado el sonido de su voz cuan