Sebastian
Alemania, diciembre de 2009
Siete años antes
Recostado en el marco de la puerta, observo la sonrisa de mi esposa mientras pone la mesa para la cena de Navidad. Su belleza y dulzura pudiera sanar a un moribundo solo con mirarla. Y tengo la dicha de que, cuando cae la noche, puedo cobijarla entre mis brazos y saber que me pertenece.
—Deja de mirarme así. Vas a lograr que me ruborice —me pide intentando ocultar una sonrisa.
—¿Sí? No pensé que tuviera ese poder sobre ti todavía —bromeo.