Le aplico la ley del hielo de camino a la fiesta. Estoy muy enojada con él por incitarme y luego dejarme en la habitación con una calentura que ni el agua fría de la ducha logró apagar.
¡Imbécil engreído! Ya verás cómo te hago pagar por tu crueldad.
—¿Vino, nena? —pregunta desde su esquina de mierda. Terminó ahí, cansado de perseguirme dentro de la limusina. Cada vez que se sentaba a mi lado, cambiaba de lugar—. Vamos, dulzura. Solo tengo esta noche contigo y no quiero pelear. Ven conmigo. —Lo