May miró a Henry en estado de absoluta conmoción; su repentina confesión era lo último que jamás había esperado oír. Sin embargo, al mirarlo a los ojos, podía ver la sinceridad cruda y genuina brillando en ellos. Su pecho se apretó y su corazón comenzó a latir a un ritmo frenético y traicionero.
Temiendo su propia reacción, May apartó rápidamente la mirada. —Lo siento, Henry… no puedo amarte —respondió, con la voz apenas por encima de un susurro.
Henry dio un paso más cerca, con expresión deses