La tensión en la casa de los Davis era palpable, y como si el ambiente no fuera ya lo suficientemente denso, el sonido del timbre resonó en el aire. Charles, con su habitual porte impecable, fue quien se levantó para recibir al recién llegado.
—Buenas noches, señor Davis —saludó un hombre de cabello oscuro y mirada intensa al cruzar el umbral—.
Charles inclinó ligeramente la cabeza.
—Mire nada más a quién tenemos aquí —dijo Charles con una sonrisa medida—. Nada más y nada menos que el heredero