Cuando Emilia escuchó el picaporte de la puerta girándose, se paró erguida, colocó un mechón negro que caía en su rostro, detrás de su pequeña oreja y sonrió ampliamente, escondiendo los nervios que sentía por encontrarse nuevamente con el joven a quien deseaba en secreto.
Pero cuando vio quien le abrió la puerta, su rostro se contorsionó a una expresión de desprecio que no pudo ocultar tan rápido como para que esa mujer no notara que no la soportaba. -
La azabache no tuvo que fingir una sonris