28. Mis dulces niños.

— Está bien… tienes razón, son tus hijos — la expresión de Agnes se dulcificó y una suave sonrisa se dibujó en su rostro al levantarse de la mecedora y con gran pesar entregarle a Eva a la bebé que tenía dormida en los brazos — Supongo que mañana podré cuidarlos otro rato.

La señora Duncan se acercó a la cuna donde descansaba el pequeño Airon y se besó los dedos para llevarlos a la pequeña frente del bebé en una hermosa y muy dulce muestra de cariño.

— Buenas noches, pequeño, nos vemos mañana.—
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