Capítulo 34. La primera tormenta.
Cuando Liam llegó del trabajo, cansado por un día repleto de actividad, el murmullo de las voces infantiles lo recibió con un calor que siempre le devolvía la calma. Dejó su maletín en el vestíbulo, se aflojó la corbata y caminó hacia la sala de estar.
Los gemelos estaban tumbados en el suelo. Dibujaban como posesos, con las mejillas encendidas por la emoción, mientras Emma se encontraba en el comedor organizando los platos y vasos.
—Ey, ¿por qué no están ayudando a poner la mesa? —preguntó, so