Bajamos por el ascensor tan rápido como podemos y cuando llegamos al estacionamiento, me encamino —sin perder tiempo— a una de las camionetas que aún permanecen aquí.
—No tardaremos en llegar. Está a unos treinta minutos de aquí —les informo subiendo a la camioneta y abrochando mi cinturón para después pisar a fondo el acelerador.
El camino hasta mi antiguo hogar se pasa en un parpadeo y cuando llegamos al lugar, veo que solo unas cuantas paredes han permanecido en pie a lo largo de todos estos