Kisa, todavía sobándose la mejilla adolorida, levantó la mirada y se encontró con la de Regina. Su expresión era serena pero decidida y en su voz no había rastro de temor.
—Las cosas no sucedieron como usted se imagina, señora Regina —articuló, con la frente en alto—. En otras circunstancias, me esforzaría por agradarle, porque es mi suegra. Pero sé que haga lo que haga, usted nunca me verá con otros ojos.
Regina la miró con detenimiento, buscando algún indicio de debilidad en Kisa, pero solo e