Cuando Kisa y Coral llegaron a la cocina, la atmósfera se volvió tranquila, casi demasiado silenciosa. Kisa se agachó para estar a la altura de la niña y, con suavidad, comenzó a acariciar su rostro, apartando delicadamente un mechón de cabello de su frente.
—Cariño, ¿qué te dijo esa mujer? —le preguntó con un tono dulce pero preocupado.
Coral negó con la cabeza sin decir nada. Sus pequeños hombros temblaban levemente y su mirada seguía clavada en el suelo, evitando los ojos de Kisa. La tristez