Caleb se puso de pie, irguió su barbilla, se aproximó como un energúmeno hacia Vanessa, pero ella no le mostró miedo, lo enfrentó cuadrando sus hombros con altivez.
—¡No te atrevas a tocarla! —advirtió su tío.
—¡Todo es culpa de ella! —gritó desesperado.
—¡No! —exclamó el anciano—, Vanessa tan solo fue la víctima, salió por la puerta de atrás, y no se lo merecía. —El señor Bosch colocó sus manos sobre su reluciente escritorio, resopló avergonzado—, no tengo el valor de mirarte a los ojos —le