—¡No puede ser! —gruñó Ryan al leer el mensaje de Vanessa, el pecho se le agitó, entonces marcó el móvil del jefe de seguridad de la empresa, y avisó lo que sucedía, mientras caminaba por los fríos pasillos de la clínica con rapidez.
«Se me olvidó ponerle seguridad, si algo le pasa será mi culpa, maldita sea» se recriminó mentalmente mientras subía a su auto y pisaba a fondo el acelerador.
—Por favor que esté bien, que no le hagan daño —suplicó mientras se aferraba con fuerza al volante del a