La furia de Ivette había cedido y fue remplazada por el frío silencio y la indiferencia. Aun así, en su interior no reinaba la paz, el dolor y la rabia contenida podían resultar en un cóctel fatal.
Ileana la miró bajarse del auto como autómata, sin percatarse demasiado por dónde iba, en lugar de entrar a la casa, caminó alrededor de esta hasta llegar al jardín trasero y se sentó en la silla del jardín sin mencionar una sola palabra. Algo pasaba por su cabeza, Ileana lo supo. Su estado de ánimo a