Cuarenta y cinco minutos más tarde, solo quedaban Marian y Katherine, Diego, un amigo de ambas, se había llevado a Florencia, según él, para evitar un «escenario sangriento».
—Ha sido muy sabio de parte de Diego llevarse a la Florencia. ¡Dios! Te juro que, si no la golpeabas tú, lo hacía yo —Marian agregó haciendo que se disolviera la tensión.
—No te preocupes, la verdad es que por muy molesta que resultara, tenía razón en algunas cosas.
—A ver, Katherine. ¡Qué razón, ni qué nada! Eres una muje