Sofía entró al estudio de don Jan Carlo, el peso de la tensión colgando sobre sus hombros mientras intentaba mantener la calma. La opulencia de la habitación, con sus estanterías de madera oscura y el pesado escritorio de roble, solo acrecentaba la intimidación que sentía. Don Jan Carlo la observaba desde su silla, su mirada helada y penetrante. No hubo preámbulos ni formalidades cuando comenzó a hablar.
—Quiero que me expliques —dijo con voz contenida—, por qué no mencionaste antes que Santiag