—¿Qué demonios haces aquí, Nora? —gruñó Estuardo, tratando de mantener su voz baja para no despertar a Sofía.
Su mirada recorría con desagrado el atuendo de su cuñada, un camisón sensual, sabiendo perfectamente que ella había elegido vestirse así con un propósito.
Nora levantó una ceja, claramente disfrutando de su incomodidad.
Se recostó despreocupadamente contra el marco de la puerta, como si estuviera completamente en su derecho de estar allí.
—¿Es así como recibes a una visita? —respondió