Deanna solo supo hacer una cosa luego de que Beverly se marchara: encerrarse en la sala de música. Era su refugio cuando necesitaba pensar, cuando discutía con Daniel o cuando necesitaba llorar. Y en ese momento sí que necesitaba llorar.
Su lugar en la casa era hermoso, tan lleno de música, tan lleno del cariño de su esposo en cada detalle. Todo pensado para ella, desde los sillones para que pudiera recibir a sus amigos músicos, hasta los instrumentos que no sabía tocar.
Cantaba para todos ahí.