Daniel tenía el corazón en la boca y el pecho apretado. El elevador no llegaba y en su desesperación corrió los 15 pisos hasta la planta baja por la escalera; el coche lo esperaba en la puerta, con el motor encendido como había pedido a los gritos desde su oficina.
Hizo el trayecto a una velocidad inhumana, se iba a matar. Les pedía a los cielos que por favor todos estuvieran bien, le pedía a Emily que los protegiera; nunca había sentido tanto miedo en su vida. Un miedo helado, cortante que le