La situación no podía ser peor, lo juro. Salí con mi flamante esposa de la habitación, con un vestido básicamente prohibido, mientras ella parecía decidida a alejarse de mi aún molesta, sin ninguna intención de hacer las paces conmigo y yo no podía evitar colocarle la mano en la cintura y en la cadera, sintiendo la suave de la mis dedos como si se tratara de una segunda piel.
Mientras bajábamos por el ascensor yo la veía por el espejo, y era como si no hubiese visto una mujer bonita en toda mi