Hades la observó, directamente a los ojos, examinando cada expresión que se dibujaba en su rostro; su mirada púrpura parecía brillar con la intensidad de mil estrellas, al mismo tiempo que una cálida sonrisa elevaba las comisuras de sus labios.
Allí, ante la luz de la luna y el manto de las estrellas, refugiada entre los cálidos y fuertes brazos de Hades, Lyra no se podía imaginar otro momento de su vida en el que hubiera sido tan feliz.
Con una gentileza destructora, el rey de cabello nocturno