Elizabeth no tuvo más opción que llamar a su padre para pedirle prestado el dinero.
Ella no tenía esos fondos, podía pedir un préstamo al banco, pero la cantidad era tan grande que pedían a su padre que fuera su aval.
Sin importar el cómo, debía avisarlo y hacerlo partícipe de esa decisión.
—¿Te has vuelto loca? —le dijo en cuanto la tuvo a solas en el despacho del abogado y la agarró con fuerza del brazo—. ¿Qué se supone que estás haciendo, hija? ¿Qué es eso de casarte con ese hombre?
Elizabeth