Las manos de Luka seguían aferrándole la cintura y sus ojos llamándola a perderse en sus profundidades.
La lujuria convulsionaba, la razón se había quedado calva.
—¡¿Por qué estás aquí?!
—¡Es un país pequeño! ¡Vayamos a otro lado, no quiero estar gritando!
Alessa salió, seguida de él. En la entrada había algunas mesas, allí podrían conversar a gusto. Ella pasó de largo y empezó a correr. Luka salió corriendo tras ella por la costanera.
—¡Espera!
—¡Desaparece!
—¡Tenemos que hablar!
—¡Yo no quier