—¡No pudo llevarlas muy lejos en tan poco tiempo! ¡¿Por qué la policía no ha dicho nada?! —bramaba Florencia.
Había gritado, llorado, se había acordado de Dios y llorado de nuevo. Ana, débil como estaba, pero a salvo, les contó que oyó ruidos en el primer piso y al ir a revisar alguien la golpeó por detrás. Los sospechosos rápidamente se redujeron a una.
—¡Debí matar a esa zorra! ¡Debí sacarle los ojos, quebrarle los brazos!... ¿Por qué mi bebé? —Florencia rompió en llanto una vez más, entre lo