Luka llegó a la casa de la viña antes que Florencia. Entre la constatación de lesiones, declarar ante la policía, el cansancio y la preocupación de Francesco, ella aceptó ir a su casa y dejarse consentir por él. Después de todo, su hija estaba siendo cuidada por Ana, una excelente muchacha.
—Debería secuestrarte y no dejarte salir de aquí nunca más —dijo Francesco, quitándole con delicadeza las zapatillas.
Hasta los cordones los tenía manchados con sangre.
—Yo iba a secuestrarte primero y a