La habitación nupcial era una burla a la tradición, un escenario montado para una comedia romántica que se había convertido en un sangriento drama político.
Velas aromáticas, sábanas de seda de un blanco impoluto y pétalos de rosa fresca se marchitaban en el suelo, contrastando brutalmente con el caos y la sangre seca que acababa de consumir el Gran Templo durante la ceremonia.
Lyra, todavía con el pesado vestido de novia bordado con hilos de plata, estaba sentada rígidamente en un sillón tapiz