La habitación nupcial era una burla a la tradición, un escenario montado para una comedia romántica que se había convertido en un sangriento drama político.
Velas aromáticas, sábanas de seda de un blanco impoluto y pétalos de rosa fresca se marchitaban en el suelo, contrastando brutalmente con el caos y la sangre seca que acababa de consumir el Gran Templo durante la ceremonia.
Lyra, todavía con el pesado vestido de novia bordado con hilos de plata, estaba sentada rígidamente en un sillón tapizado, usando una daga de cocina–el único instrumento de metal limpio que pudo encontrar–para raspar con metódica furia la sangre coagulada de un agente del Concilio en su muslo. El vestido, que simbolizaba su sometimiento, ahora llevaba la marca de su resistencia.
Kaelan estaba frente a ella, con la chaqueta de su uniforme ceremonial rasgada en el hombro y una mancha oscura en la muñeca. Estaba en silencio, limpiando su espada de batalla con un paño de lino fino que probablemente estaba destinado