¡Por Dios! ¡No sé ni donde esconder la cara! Me alejo de él y bajo la mirada, muy desconcertada por lo que acaba de suceder. Suelta mis brazos despacio, ya que casi caigo al tropezar con su pecho que parece hecho de roble.
—Discúlpeme señorita, yo no miré por dónde iba... —dice aquello, en voz baja y muy avergonzado.
Humedezco mis labios y después de recuperar el aliento, por fin levanto la mirada y me echo a reír.
—¿Qué ha sido eso? —Cubro mi boca con ambas manos—. No te preocupes, fue un acci