La risa burlona del hombre retumbó por el lugar.
Los ojos de la mujer se volvieron severos.
—¡¿Quién se cree para burlarse de mí?!
El hombre la miró con ojos pequeños.
—Tu excuñado, o como quieras llamarme, te vi lanzar veneno sobre los novios —dijo y bebió la copa, luego aplaudió—. Buen trabajo.
Ella retrocedió, estaba humillada.
—Bueno, veo que no morirá, ahora me voy.
—No puedes irte.
Ella se detuvo, asustada.
—¿Qué? ¿Cómo de que no?
—No puedo llevarte, estás lejos de casa, no te irás, niña,