Mora, con el rostro desbordado de furia, no pudo evitar la explosión de ira.
Levantó la mano con fuerza y la descargó sobre la mejilla de Tina, un golpe que resonó en el aire como un estallido de justicia.
—¡No soy una infiel como tú! ¡Deja de meterte en nuestras vidas! —gritó, sus palabras impregnadas de odio, de la rabia que llevaba acumulada desde el primer día que esa mujer había intentado destruir su felicidad.
Tina cayó al suelo con un grito ahogado, su rostro enrojecido por la bofetada y