Glinda contuvo el aliento, mordiendo sus labios con fuerza mientras sus ojos temblaban al encontrarse con los de Yolanda, que la miraba como si fuera una presa en sus manos. Sin previo aviso, Yolanda levantó la mano y le propinó una bofetada que resonó en la habitación, tirándola al suelo. Glinda soltó un gemido, su mejilla ardiendo bajo el impacto.
—¡Tú! —escupió Yolanda, con los ojos encendidos de ira—. ¡Maldita mujerzuela! ¿Te atreves a jugar con mi familia? ¡Ese bastardo que llevas en el vie