Al día siguiente
Cecilia apenas había dormido.
Las lágrimas caían incesantes por su rostro, como si cada gota fuera un pedazo de la angustia que consumía su alma.
Sentada en la fría sala de espera, se aferraba al rosario que llevaba entre las manos, susurrando oraciones entre sollozos.
De repente, sintió la calidez de una mano sobre la suya. Al alzar la vista, encontró los ojos serenos y llenos de determinación de Emma.
Sin pensarlo, la abrazó.
—¡Emma! —sollozó—. Gracias… gracias por estar aquí.