«Kiara, no necesito que me digas más, yo te creo»
¿En verdad me había dicho esas palabras? ¿Me las estaba imaginando? ¿Él creía en mí? ¿No estaba molesto?
No era capaz de procesar la información.
—¿A medianoche? ¿Fuera del hotel? —Sus palabras se escuchaban toscas, cargadas de una rabia que brotaba de su pecho—. Ese maldito imbécil le hace falta una buena paliza.
Asentí, sin saber si le estaba dando la razón respecto a sus preguntas o a la grandiosa sugerencia de la paliza. Tal vez, a las