Al ver lo terco que era, Rubí levantó el bastón de acero, preparada para seguir golpeándolo.
El ladrón, finalmente asustado, suplicó rápidamente:
—Por favor, ten piedad, no me mates. Te lo diré, te lo diré—
Rubí respiró hondo y lo miró con frialdad.
—Está bien. Habla. ¿Qué está pasando exactamente?—
El sudor resbalaba por la cara del ladrón. Apenas podía respirar después de haber recibido dos golpes de Rubí.
Apretó los dientes y dijo:
—Si te digo... que tengo un ayudante, alguien que estuvo en