Zoey trató de detenerlo en varias ocasiones, pero cada vez que lo intentaba, Rubí la sujetaba y suplicaba con dramatismo:
—¡Por favor, no te lleves a Dylan! Te lo ruego, por favor... te daré lo que quieras, pero no te lo lleves... ¡ni siquiera eres su verdadera mamá!
Era evidente por el lenguaje corporal de los periodistas de qué lado estaban. Y, ¿quién podría culparlos? El dúo madre e hijo había hecho un trabajo asombroso al construir la narrativa de las víctimas indefensas.
Rubí era muy consciente de ello, pero aun así le resultaba difícil creer el nivel de inteligencia de Dylan.
Oró en silencio:
—¡No exageres, Dylan! Asegúrate de que todo parezca creíble, no demasiado perfecto...
—¿Cómo creció este niño? ¿Cómo desarrolló semejante talento? —se preguntó a sí misma.
¡Si tan solo Dylan fuera su hijo biológico!
Un pensamiento perverso se coló de repente en su mente... ¡Ja, ja, ja...!
Mientras Dylan terminaba su historia, gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas, salpicando el suelo y