El ladrón usó toda su fuerza. Marcus no esperaba que Rubí intentara bloquearlo, así que se apresuró a protegerla. El impacto lo derribó con violencia, haciéndolo caer pesadamente contra el borde de la fuente. El vidrio decorativo y los azulejos de porcelana se rompieron en mil pedazos, y el agua cristalina comenzó a teñirse de rojo con la sangre que brotaba de sus manos. Su ropa estaba desgarrada, y su aspecto resultaba alarmante.
Las lágrimas de Rubí brotaron al instante. Se inclinó hacia él,