La puerta se abrió y Emily entró acompañada de Noah, quien llevaba una elegante caja redonda de pasteles.
Rubí se sintió un poco culpable por haberlo hecho ir a comprarle algo tan trivial. Apenas la caja fue abierta y el aroma del pastel se esparció, su estómago se revolvió con fuerza. Antes de siquiera probarlo, tuvo que taparse la boca y decir apresuradamente que lo retiraran.
Noah, sorprendido, sacó el pastel hacia la mesa de café en la sala de estar. Pero ni siquiera eso fue suficiente: el