Hablaba en voz baja, suave, con ese tono que uno usa con quien ama. Rubí, abrazando su almohada especial, respondía de vez en cuando con murmullos somnolientos. En cuestión de minutos, ya estaba dormida.
Marcus bajó aún más la voz. Cuando se aseguró de que estaba profundamente dormida, soltó un suspiro de alivio. Con cuidado, la cubrió con la manta, se levantó de la cama en silencio y se quedó un rato sentado a su lado para asegurarse de que no se despertara. Luego, tras comprobarlo, respiró ho