El resto del brunch transcurrió en una calma engañosa.
El tintinear de los cubiertos se suavizó y la conversación se diluyó en algo más ligero—menos vigilado, menos cortante en los bordes.
Alejandro comía con la misma elegancia serena con la que hacía todo, postura relajada, movimientos pausados. Daniela, en cambio, apenas tocó su plato al principio.
Su apetito regresó lentamente, con cautela, como si necesitara permiso.
Lo observó por un momento—observó cómo su mirada se perdía ocasionalmente