Mundo ficciónIniciar sesión
POV:
┃ Ellie Paige ┃ Si hace un mes alguien me hubiese dicho que iba a pasar las mañanas enviando currículums en pijama mientras discutía con una página de ofertas de empleo, me habría partido de risa. Y aquí estoy. Con el portátil abierto encima de mis piernas, un café que ya está más frío que mi suerte y ciento cuarenta y tres pestañas abiertas en busca de un trabajo que, por lo visto, se había puesto de acuerdo para no aparecer. Todo por culpa de una reducción de personal. Bueno… así lo había llamado mi antiguo jefe. Pero yo todavía sigo convencida de que lo que realmente quería era quitarse un sueldo de encima. Llevaba tres años trabajando para esa empresa, llegando siempre puntual incluso los lunes —que ya tiene mérito—, para que un viernes me llamaran a Recursos Humanos y me soltaran el típico: “No es nada personal, Ellie.” Sí, claro. Nunca es personal… hasta que la carta de despido lleva tu nombre. Desde ese entonces mi rutina se había vuelto un auténtico rollo. Me levantaba temprano, desayunaba, enviaba currículums, iba a alguna que otra entrevista con más ilusión que otra cosa y regresaba a casa con la misma respuesta de siempre. “Ya te llamaremos.” Spoiler. No llamaban. Nunca lo hacían. Ni uno solo. Me limité a suspirar y volví a actualizar la página por enésima vez. —Venga ya… no puede ser tan complicado encontrar un trabajo decente. Leii la primera oferta que me apareció. “Se busca recepcionista con cinco años de experiencia.” Pasee a la siguiente. “Administrativa con inglés, alemán y francés.” Solté una risa por lo bajo. —Pues nada… solo me falta aprender tres idiomas y comprarme una maquina del tiempo para conseguir esos cinco años de experiencia. Continué bajando. Pero no encontraba nada. Absolutamente nada. Así que no me quedó de otra más que cerrar el portátil por unos segundos y me froté la cara con las manos. Lo peor no era haber perdido el trabajo. Lo peor era que llevaba un mes tirando de los ahorros. Y los ahorros no dejaban de tener esa mala costumbre de desaparecer justo cuando más faltan hacían. Observé de reojo el reloj que colgaba de la pared. Después observé la puerta del piso. Y luego volví a observar el reloj. La señora Martha llevaba un par de días diciendo que vendría a hablar conmigo. Pero con la suerte que tengo… seguro que hoy era el día. Y, como si el universo quisiera reírse un poco más de mí… ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! No pude evitar cerrar los ojos. —No… ahora no, por favor… Pero los golpes no tardaron en volver a sonar. Y no me quedó de otras más que respirar hondamente. —Venga, Ellie. Como si hacerte la loca fuera a solucionar algo. Me levanté del sofá, intentando darle un poco de forma al moño que llevaba en la cabeza —porque aquello tenía más pinta de nido de pájaros que de peinado— y abrí la puerta. Al hacerlo la señora Martha se encontraba allí. Tan impecable como siempre. Traía un abrigo de color camel, el bolso colgando del antebrazo y aquella expresión suya tan seria que no hacia falta ser adivina para saber que no había venido hasta aquí para preguntarme como me estaba yendo en la vida. —Buenos días, Ellie. —Buenos días, señora Martha. Su mirada no tardó en pasar por encima de mi hombro, como si estuviera comprobando que el piso siguiera en una solo pieza. —¿Qué tal va la búsqueda? Ahí estaba. No había mencionado el alquiler, pero las dos ya sabíamos perfectamente que esa pregunta era solo el principio. Me recosté del marco de la puerta y esbocé una sonrisa que ni siquiera yo misma era capaz de creérmela. —Digamos que las empresas y yo no estamos pasando por nuestro mejor momento. Ella asintió despacio. —Ya. Se hizo un silencio un poco incómodo en ese momento. La señora Martha jamás había sido una mujer de darle muchas vueltas a las cosas, así que fue directa al asunto. —Ellie, llevas dos meses de retraso con la renta —soltó sin más. En ese instante pude sentir como el estómago comenzaba a encogérseme. —Lo sé. —Y entenderás que esto no puede seguir así. Asentí con la cabeza sin levantar demasiado la vista. —Desde que me despidieron no he dejado de buscar trabajo. He enviado currículums por media ciudad, he asistido a entrevistas… pero de momento no ha salido nada. —Ya, pero las facturas tampoco esperan a que encuentres trabajo —agregó ella mirándome fijamente. No lo había dicho con mala intención. Lo dijo porque era la verdad. Y las verdades, por desgracia, rara vez se escuchaban bonitas. —Lo sé, de verdad. Si pudiera pagarle ahora mismo, créame que lo haría. La señora Martha en cambio solo se limitó a suspirar mientras cruzaba los brazos. —Mira, Ellie. Llevo años alquilándote este piso y nunca me habías dado problemas. Siempre has pagado cuando tocaba y eso lo valoro. Pero una cosa no quita la otra. Tragué saliva en seco. Porque sabía perfectamente lo que venía después. —Yo también tengo gastos. La comunidad, el seguro, los impuestos… Este piso no se mantiene solo. —Lo entiendo. Y de verdad que si lo entendía. No tenía derecho de enfadarme con ella cuando era yo quien llevaba dos meses sin pagar. Fue entonces cuando la señora Martha me miró durante unos cuantos segundos. Parecía que se encontraba debatiéndose con ella misma entre mantener la firmeza o darme un poco más de margen. Al final terminó negando despacio con la cabeza. —¿Puedes darme al menos una parte? Lo que sea. Aunque no sea todo. Ojalá. De verdad que ojalá. Pero si llego a sacarle dinero a la cuenta, la semana que viene tendré que debatirme en elegir entre llenar la nevera o coger el metro para ir a una entrevista. —Ahora mismo no puedo —de verás que me costó horrores admitirlo—. Lo poco que me queda lo estoy estirando todo lo que puedo. Si encuentro trabajo esta semana, lo primero que haré será ponerme al día con usted. La señora Martha optó por apretar los labios. No parecía convencida. Ni mucho menos sorprendida. —Eso mismo me dijiste hace dos semanas. Y tenía razón. Y fue precisamente por eso que no pude responderle. Porque no había ninguna excusa mejor que ofrecerle. Sin embargo, ella terminó dejando escapar un suspiro largo. —Voy a darte una última semana. Al escuchar sus palabras no pude evitar levantar la cabeza de golpe. —¿De verdad? —No te emociones antes de tiempo —su tono seguía igual de serio que siempre—. Siete días, Ellie. Ni uno más. No tarde en asentir rápidamente. —De acuerdo. —Y necesito que al menos me entregues un adelanto. No hace falta que sea todo, pero necesito ver que esto va en serio. Si dentro de una semana seguimos igual, tendré que poner el piso en alquiler. Aquellas palabras lograron golpearme más de lo que había esperado. Poner el piso en alquiler. Traducido al idioma de los mortales. “Ir buscando cajas de cartón.” Porque significaba que tendría que marcharme. Y sinceramente, regresar a la casa de mis padres no entraba precisamente en mis planes. Mi madre llevaba todo un mes diciéndome por teléfono aquello de: “Ya verás como todo se arregla” Y mi padre era más práctico. “Si hace falta, vuelves a casa” Y yo preferiría dormir en un banco antes que escuchar durante meses un “ves cómo tenías que haber ahorrado”. No, gracias. —Encontraré algo —mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. No sé cómo, pero lo encontraré. La señora Martha me sostuvo la mirada por unos segundos. —Eso espero —dijo mientras se acomodaba el bolso sobre el hombro y daba un paso hacia el pasillo—. Porque, aunque me caes bien, esto es un alquiler, no una obra de caridad. No sonó cruel. Más bien se escuchó sincera. Y, en el fondo, tenía toda la razón. —Gracias por darme esta última oportunidad. Ella prosiguió a hacer un leve gesto con la cabeza. —Aprovéchala. La vi marcharse alejándose lentamente por el pasillo hasta desaparecer por completo escaleras abajo. Esperé un momento antes de cerra la puerta. En cuanto el pestillo encajó, no tardé en apoyar la espalda contra la madera y dejé escapar todo el aire que llevaba aguantando desde que la había visto aparecer. —Bueno… oficialmente tengo siete días para encontrar trabajo, pagar dos meses de alquiler y evitar que me echen del piso —solté mirando al techo—. Facilísimo. Empiezo a pensar que el universo tiene un sentido del humor bastante cuestionable. Me separé de la puerta y regresé al salón. Todavía quedaban decenas de ofertas por revisar. Y, con un poco de suerte… Quizás alguna de ellas estuviera esperando justo por mí.






