Me encontraba en el segundo piso, mi corazón palpitando a un ritmo frenético, como si cada latido estuviera anunciando la llegada de un acontecimiento extraordinario. Mis manos sudaban y, por más que intentara calmarme, no podía evitar que mis pensamientos se dispersaran en mil direcciones. Roman me había pedido que bajara al vestíbulo para una sorpresa, pero no tenía idea de qué se trataba. Nunca me había sentido tan emocionada, ni siquiera cuando recuperé la memoria, después de tantos años su