Mundo ficciónIniciar sesión—Bueno, señor Meléndez —respondió ella, forzando una sonrisa profesional y gélida—, no soy la única Rivera en el mundo. Es un apellido común, después de todo.
Daniel la miró fijamente, escrutando cada rasgo de su rostro. Sus ojos se detuvieron en la firmeza de su mirada. Tiene razón, pensó él. La hija de Gael Rivera, la princesa de una de las familias más poderosas de Valemont, jamás estaría trabajando en una oficina bajo las órdenes de un Meléndez. Su orgullo familiar era demasiado grande para permitir tal "humillación", incluso en la decadencia. Daniel rompió la distancia, pero no la tensión. Se acercó a su oído, lo suficiente para que su aliento rozara su piel. —Entonces, Rivera… espero que tu talento sea tan grande como tu arrogancia en el ascensor. Se alejó un paso, recuperando su frialdad ejecutiva. —Necesito que mejores lo que presentaste hoy. Hay puntos débiles en tu proyección de riesgos. Arréglalo y preséntame un nuevo informe aquí mismo, mañana a primera hora. Victoria apretó los puños. Sabía que su informe era impecable; él solo estaba marcando territorio, recordándole quién tenía el poder de su tiempo y de su carrera. —¿Alguna objeción? —preguntó Daniel, levantando una ceja con desafío. —Ninguna, señor Meléndez —dijo ella con los dientes apretados—. Tendrá su informe mañana. Victoria giró sobre sus talones y caminó hacia la salida. Sabía que los ojos de Daniel estaban clavados en su espalda. Al salir y escuchar el clic de la puerta cerrarse, soltó un suspiro tembloroso. Estaba a salvo por ahora, pero sabía que acababa de entrar en un juego de fuego. Daniel, por su parte, regresó a su ventanal. La imagen de Victoria bajo las luces del club y su actitud desafiante en la oficina no dejaban de dar vueltas en su cabeza. —Victoria Rivera… —susurró para la ciudad a sus pies—. Vamos a ver cuánto tiempo tardas en romperte. El aire fresco de la tarde no logró calmar los nervios de Victoria mientras cruzaba el vestíbulo de cristal. Su mente seguía en el piso sesenta, repasando cada palabra del hombre que ahora sostenía su futuro en sus manos. Sin embargo, al poner un pie fuera del edificio, el destino le tenía preparada otra emboscada. —¿Victoria? Ella se detuvo en seco. Mateo Villalba estaba recargado contra un deportivo plateado, luciendo como si el mundo le perteneciera. —¿Qué haces aquí, Mateo? —preguntó ella, sorprendida. —Pasaba por aquí. Pero la pregunta es: ¿qué haces tú saliendo de este edificio a estas horas? —Mateo entornó los ojos, analizando el carnet que colgaba del cuello de Victoria—. No me digas que... ¿trabajas aquí? —Soy la Directora de Estrategia Internacional —respondió ella con una pizca de orgullo, a pesar de todo. Mateo soltó una carcajada incrédula, aunque sus ojos reflejaban una sombra de preocupación. —¿Trabajas para Meléndez? Vaya infierno, Vic. No tienes idea de en qué nido de víboras te has metido. Victoria frunció el ceño. La mención de Daniel en labios de Mateo sonaba a algo más que una simple rivalidad profesional. Había un rastro de veneno antiguo en su voz. —Recién conozco al señor Meléndez —respondió ella, midiendo cada palabra para no sonar defensiva—. Tiene el ego inflado, es cierto, pero es el jefe y... —¿Eso es lo que piensas de mí, Rivera? La voz, profunda y gélida como el granito, llegó desde sus espaldas. Victoria sintió que la sangre se le congelaba. Giró lentamente y se encontró con Daniel Meléndez, que caminaba hacia ellos con las manos en los bolsillos de su abrigo oscuro, escoltado por la imponente presencia de Julián. Sus ojos no estaban en ella, sino clavados en Mateo con una ferocidad asesina. —Señor Meléndez... —murmuró Victoria, maldiciéndose internamente por su falta de filtro. —Relájate, Meléndez —intervino Mateo, dando un paso al frente con una sonrisa burlona—. Ella no ha dicho nada que no sea verdad. Siempre has tenido el ego más grande que tus edificios. Daniel se detuvo a escasos centímetros de ellos. La tensión era tan densa que los transeúntes instintivamente les daban espacio. —Contigo no estoy hablando, Villalba —siseó Daniel, ignorándolo por completo para clavar su mirada en Victoria. Sus ojos oscuros prometían un castigo que no tenía nada que ver con el trabajo—. Mañana, en mi oficina, discutiremos largo y tendido sobre mi "ego". Asegúrate de que ese informe sea perfecto, o tu opinión será lo último que me importe de ti. Mateo, percibiendo la posesividad en el tono de Daniel, soltó una risa seca y, en un movimiento calculado para provocar, tomó a Victoria del brazo con confianza. —Vamos, Vic. Te invito a unos tragos. Trabajar en este lugar debe ser agotador, y claramente necesitas compañía que sepa apreciarte, no que te amenace —dijo Mateo, sosteniéndole la mirada a Daniel con un desafío descarado. Victoria miró la mano de Mateo en su brazo y luego la expresión de Daniel. El rostro de su jefe se volvió una máscara de piedra, pero vio cómo sus mandíbulas se tensaban. En ese momento, ella no era Victoria; era el trofeo en medio de una guerra que apenas empezaba a comprender.






